Rodaje en una cocina: un cocinero repasa su guion en papel mientras un operador con cascos graba desde el trípode y otra persona del equipo le da indicaciones con las manos.
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Cómo se hace un vídeo corporativo: qué pasa antes, durante y después

Un vídeo se hace en tres tiempos: lo que se decide antes de grabar, el día de rodaje y el montaje posterior. Grabar es la parte más corta y la que menos decisiones te pide; casi todo lo que puedes elegir —y casi todo lo que puedes cambiar— está en la fase de antes.

Por Álvaro R. Machío 7 min de lectura

«¿Y cuándo empezamos a grabar?» Es casi siempre la primera pregunta y casi siempre llega demasiado pronto. Grabar es la parte más corta de todo esto: un día, dos si el proyecto lo pide. Lo que decide si el vídeo funciona pasa antes, en conversaciones donde no hay ninguna cámara encendida.

Las guías que encontrarás por ahí cuentan este proceso desde dentro del gremio: preproducción, rodaje, postproducción, con su lista de tareas técnicas. Muy útil si estudias audiovisual. Poco útil si lo que quieres saber es otra cosa —qué te toca decidir a ti, qué te van a pedir y en qué momento ya no hay marcha atrás—. Va de eso.

Antes de grabar es donde se decide casi todo

La fase de antes —la preproducción, si quieres el nombre técnico— es la que menos se ve y la que más pesa. Aquí se responde la única pregunta que de verdad manda: qué queremos que pase cuando alguien vea el vídeo. No «qué queremos contar», que suena parecido pero no es lo mismo. Qué queremos que pase.

De esa respuesta cuelga todo lo demás. Si el objetivo es que las empresas de tu sector sepan que existes, el vídeo no se parece en nada al que necesitas para que un tribunal entienda tu propuesta técnica. Cambia el tono, cambia la duración, cambia quién habla y cambia dónde se graba. Por eso el tipo de vídeo no es una etiqueta de catálogo: es una consecuencia.

Con eso claro llega el guion, y aquí conviene deshacer un malentendido. Un guion de vídeo corporativo no es un diálogo de película: es el orden en el que se van a contar las cosas y quién las va a decir. Se aprueba antes de grabar, y esa aprobación pesa más de lo que parece. Es el momento en el que decides el vídeo. Todo lo que viene después es ejecutar esa decisión.

¿Qué te va a pedir una productora antes de grabar?

Más cosas de las que esperas, y ninguna es un capricho administrativo. Te va a pedir:

  • Quién habla. Nombres y cargos concretos, no «alguien de dirección». Y que esa persona sepa que va a salir, con tiempo.
  • Dónde se graba. Espacios reales, con sus horarios. Una nave a mediodía y esa misma nave a las ocho de la tarde no son el mismo sitio.
  • Permisos y accesos. Quién abre, quién autoriza, qué zonas están vetadas y qué aparece de fondo que no debería.
  • Tus materiales. El logo en condiciones, los colores de marca, imágenes de archivo si las hay. En vectorial o en buena calidad, no recortados de una presentación.
  • Alguien que pueda decidir. Una persona de tu equipo con capacidad para aprobar sobre la marcha.

Ese último punto es el que más rodajes salva. Un día de grabación está lleno de decisiones pequeñas que no admiten espera —esta sala o aquella, esta camisa o la otra, esta frase o ninguna— y un proyecto que tiene que consultarlo todo se detiene cada veinte minutos.

El día de grabar: lo que de verdad pasa

Si es tu primer rodaje, tres cosas te van a chocar.

La primera: se tarda muchísimo en preparar lo que luego dura ocho segundos. Montar luz y sonido para una entrevista lleva su rato, y no es tiempo perdido: es la diferencia entre una cara que se ve bien y una silueta a contraluz con eco de fondo.

La segunda: no se graba en el orden del vídeo. Se agrupa por espacio y por persona, para no montar y desmontar el mismo equipo cuatro veces. Verás grabar el final antes que el principio y te parecerá un desorden. Es justo lo contrario: el vídeo se ordena después.

La tercera: la gente de tu empresa lo va a pasar peor de lo que crees delante de la cámara. Es normal y tiene solución —se ensaya, se repite, se pregunta de otra manera—, pero cuenta con ello. Nos pasa a menudo en rodajes institucionales: la persona que mejor conoce el proyecto no siempre es la que mejor lo cuenta en voz alta. Eso se resuelve antes, eligiendo bien quién habla, no después buscando un milagro en el montaje.

Después: el vídeo aparece en el montaje

La fase de después es la que más se subestima. Aquí el material grabado se convierte en algo que se entiende: se elige, se ordena, se ajusta el ritmo, se pone música, se corrige el color, se rotulan los nombres, se subtitula. Suele llevar bastante más tiempo que grabar.

Lo que te toca a ti en esta fase es ver y decidir. Vas a recibir un primer montaje y merece la pena verlo dos veces: la primera como quien ve un vídeo, la segunda como quien tiene que aprobarlo. Casi todos los comentarios útiles salen del segundo pase, cuando ya se te ha pasado la impresión inicial y empiezas a fijarte en si se entiende.

Conviene saber cuántas rondas de cambios incluye el presupuesto antes de empezar. Una o dos es lo habitual en el sector; a partir de ahí suele facturarse aparte. No es mala fe: cada ronda es trabajo. Pregúntalo al firmar y te ahorras una conversación incómoda al final.

Y ten en cuenta que de un rodaje no sale un vídeo, salen varios: la pieza principal, versiones cortas, formato vertical para móvil, quizá una versión sin locución. La duración cambia según dónde va a verse, así que decidir esos formatos antes de montar es gratis. Pedirlos cuando el montaje está cerrado, no.

¿En qué momento ya no se puede cambiar?

Esta es la pregunta que casi nadie hace y todo el mundo debería. Hay tres puertas que se van cerrando, y cada una encarece lo que viene detrás.

Al aprobar el guion. A partir de ahí se organiza todo el rodaje: días, personas, espacios, permisos. Cambiar el enfoque después no es corregir un documento, es rehacer un plan.

Al terminar el rodaje. Lo que no se grabó, no existe. El montaje ordena y afina lo que hay; no inventa lo que falta. Si ese día faltó una persona clave o no se pudo entrar en la nave, la única salida es volver a grabar. Y volver a grabar es volver a pagar: son las mismas variables que mueven el precio de un vídeo desde el principio.

Al aprobar el montaje final. Después de ese sí llegan el color, el sonido y los subtítulos, que se aplican sobre una estructura ya cerrada. Mover una frase de sitio obliga a deshacer trabajo terminado.

No es para meter miedo, es para que sepas dónde poner tu atención: el esfuerzo que dediques antes de grabar te ahorra el triple después.

¿Cuánto se tarda en hacer un vídeo corporativo?

No hay una cifra honesta que darte, y desconfía de quien te la dé antes de saber qué vas a contar. Lo que sí se puede decir es de qué depende.

De cuántas decisiones queden abiertas al arrancar: un proyecto que llega con el objetivo claro avanza a otra velocidad. De cuánta gente tenga que aprobar por tu parte, que en proyectos institucionales suele ser lo que más alarga el calendario. Y de cuánto haya que grabar: no es lo mismo una jornada en una oficina que cuatro localizaciones repartidas por la provincia.

Hay un cuarto factor del que casi nadie avisa: cuánto tardes tú en contestar. Un guion que espera diez días sobre una mesa retrasa el proyecto diez días exactos, por rápido que trabaje quien graba.

Lo que hay debajo

El orden no es el que parece. La imagen mental de «hacer un vídeo» es la del día de rodaje, con las luces montadas y alguien detrás de la cámara. Pero ese día solo se recoge lo que ya se decidió antes, y el montaje solo ordena lo que se recogió. El vídeo se hace, casi entero, en conversaciones donde no hay ninguna cámara.

Por eso la pregunta con la que empezábamos —cuándo empezamos a grabar— es la última que hay que responder, no la primera. La primera es qué queremos que pase cuando alguien lo vea.

Si estás pensando en un vídeo para tu empresa, tu destino o tu ayuntamiento y quieres saber en qué te estás metiendo antes de meterte, cuéntanoslo. Te explicamos qué decidirías tú en cada fase y en qué momento conviene tenerlo pensado.

Preguntas frecuentes

¿Cuáles son las fases de la producción de un vídeo?
Son tres: preproducción (todo lo que se decide antes de grabar), rodaje (los días de grabación) y postproducción (el montaje, la música, el color y los subtítulos). La primera es la más larga y la que más te implica a ti como cliente, aunque sea la única en la que no aparece una cámara. El rodaje suele ser la fase más corta de las tres.
¿Qué necesita una productora de mí antes de grabar?
Necesita saber qué quieres que pase cuando alguien vea el vídeo, quién va a hablar y dónde se puede grabar. También te pedirá permisos y accesos a los espacios, tus materiales de marca en buena calidad y, sobre todo, una persona de tu equipo que pueda decidir sin consultar cada detalle. Cuanto antes llegue todo eso, menos se alarga el proyecto.
¿Se puede cambiar un vídeo después de grabarlo?
Se puede afinar, pero no rehacer. El montaje ordena y ajusta lo que se grabó; no inventa lo que falta. Si el día del rodaje no estuvo una persona clave o no se pudo entrar en un espacio, la única solución real es volver a grabar, con el coste que eso supone. Por eso las decisiones importantes se toman antes, no después.
¿Cuánto se tarda en hacer un vídeo corporativo?
Depende de tres cosas: cuántas decisiones queden abiertas al arrancar, cuánta gente tenga que aprobar por tu parte y cuánto haya que grabar. Desconfía de quien te dé una fecha exacta antes de saber qué vas a contar. En la práctica, lo que más mueve el calendario no es la grabación ni el montaje, sino el tiempo de respuesta entre una fase y la siguiente.